¿Por qué el emprendimiento es más que una buena idea?

Por: Felipe Rifo Rivera. Académico Facultad Economía y Negocios UST Los Ángeles.
Cada 29 de abril conmemoramos el Día Nacional del Emprendimiento, una fecha elegida estratégicamente para recordar la creación de la Corporación de Fomento de la Producción
(CORFO). Esta efeméride nos invita a reflexionar sobre el rol de quienes se atreven a crear
valor en nuestro país. A menudo, se suele ver al emprendedor como un actor solitario que
alcanza el éxito únicamente gracias a un esfuerzo individual o una gran idea. Sin embargo,
desde la ciencia económica y el análisis de políticas públicas, sabemos que el
emprendimiento rara vez es un fenómeno aislado; es, por el contrario, un logro
profundamente colectivo.
Para que Chile avance hacia el desarrollo, necesitamos dejar de mirar exclusivamente a los
individuos y comenzar a fortalecer la red institucional que los sostiene: nuestro ecosistema
emprendedor. Esto implica comprender que un proyecto no sobrevive sin un entorno que le
permita madurar, acceder a capital, conectar con mentores y encontrar un mercado
dispuesto a validar sus soluciones. El talento es tan diverso como las personas y todos
tenemos nuestras capacidades, pero las oportunidades no siempre se distribuyen por igual.
Emparejar esa cancha es un paso ineludible para construir una economía nacional más
dinámica e inclusiva.
Un ecosistema emprendedor robusto es el resultado de la interacción constante entre el
Estado, el sector privado, los inversionistas y, de manera crucial, la academia. Ningún
negocio escala en el vacío. Desde las instituciones de educación superior, vemos a diario
cómo las universidades y centros de formación actúan como incubadoras no solo de ideas,
sino de talento humano, conocimiento avanzado y vinculación con las necesidades
regionales. A pesar de los avances, nuestro país aún enfrenta desafíos estructurales, como la
asimetría en el acceso a financiamiento en etapas tempranas y la necesidad de una mayor
fluidez en la articulación público-privada.
En el centro de este ecosistema se encuentran las Pequeñas y Medianas Empresas (pymes),
un actor clave de nuestra economía. Los datos reflejan un desafío importante: si bien las
pymes generan la mayor parte del empleo formal en el país, su participación en las ventas
totales y en las exportaciones aún es baja. Esta diferencia las vuelve más vulnerables a los
ciclos macroeconómicos, siendo especialmente sensibles a las turbulencias económicas. Por
ello, es necesario que las políticas públicas evolucionen. Debemos transitar desde una
lógica de apoyos temporales hacia instrumentos de escalamiento empresarial y fomento al
crecimiento sostenido.
Es aquí donde entra en juego el tercer pilar fundamental: la innovación. En América Latina,
una gran proporción de los nuevos negocios surge por necesidad frente a la falta de
oportunidades formales. El verdadero objetivo económico es propiciar un entorno donde
florezca el emprendimiento por oportunidad.
La innovación, entendida no solo como disrupción tecnológica, sino como mejoras
concretas en procesos, gestión y modelos de negocio, es una vía sostenible para hacer más
eficientes nuestras empresas y generar mayor riqueza con los recursos que ya tenemos
disponibles. Si queremos diversificar nuestra economía, la investigación aplicada y la
transferencia de conocimiento deben convertirse en el nuevo estándar de la matriz
productiva.
Conmemorar a los emprendedores en su día es comprometerse a despejarles el camino.
Esto requiere una visión de futuro basada en alianzas estratégicas donde el Estado facilite,
el sector privado invierta y la academia investigue y forme. Un espíritu emprendedor
activo, cuando es respaldado por un ecosistema sólido y políticas pro-innovación, no es
solo una buena idea; es la mejor política económica que podemos desplegar para nuestro
país.








